Por alguna razón, me había pegado con televators, canción que me rayó la puerta hace diez años al menos. La mañana con lluvia de verano me la trajo a la mente como un aniversario por el simple hecho de vivir, y hasta el momento que estoy relatando ésto sigue sonando.
Era el cumpleaños de el Juano, el amigo que tengo hace más años continuos; la conversación se metió a la máquina del tiempo, entonces comenzamos a recordar los pasados amorosos de cada participante cuando teníamos entre los 14 y los 18 años, un período del cual nadie se siente olímpicamente orgulloso.
Me dí cuenta entonces que muchas de mis ex pololas de ese período habían encontrado amores históricos dentro de mí círculo de amistades, como si tuviese alguna especie de heshizo en el topo Gigio (parafraseando un poco, la verdad me mantuve virgen hasta los dieciochito, a duras pajas), al punto de que algunas terminaron casándose con amigos míos.
La charla tomó un giro inesperado cuando me tocó dar mi historia, dentro de la que descubrí que a la única persona que amé llegó a mi vida por meritocracia, descartando así la chance de correr con la misma suerte de mis ex.
Ya va la tercera vez consecutiva que suena televators, en la micro el camino se hace expedito por la velocidad de la micro, así como sufren las nalgas por los saltitos y lo cómodo de los asientos. Al lado mío va una guapa chica negra de unos 25 años; ecuatoriana, colombiana o quién sabe de dónde. Tras una suerte de conversación en base a situaciones irrelevantes, terminamos conversando de la vida misma. Veía cómo la chica me miraba con cierta cara de coqueteo, mientras la mía tenía un dejo de timidez (yo era más champion! Qué pasa?). Se bajó, nos despedimos y cada uno se fundió en las fauces de un incierto Santiago centro.
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