Una vez, al joven lo vino a ver su padre del sur, venía a ver a su nieto de meses que había visto dos veces.
Compartieron un asado cordial en una casa cordial que seguía en construcción.
Los temas que conversaban eran cordiales, incluso aburridos, no había literatura, ni música, ni palabras que generarán escozor, salvó una.
El hombre le pregunta a su hijo -y bueno, ¿qué quieres hacer de tu vida? Ya estás cercano a los cuarenta años. El joven se encoge como un niño de veintiuno que no sabe hacer nada: han pasado dieciséis años y la respuesta varía levemente; antes habría inventado algún plan ingenioso, alguna carrera en mente, triunfar con algún emprendimiento en marcha, hacer carrera en la actual empresa, comprar una casa y hacer un hogar, invertir en algún negocio prometedor. Su respuesta decepcionó a ambos: quería sumirse en la máquina y tratar de permanecer lo más posible para darle una buena vida a su hijo, la empresa le era indiferente, su plan consistía en ser lo suficientemente bueno diciendo que sí como para no ser descartado por molestia o por insurrección. Luego ambos miraron el plato con carne y hablaron de la elección del corte.