a veces iba al mismo bar feo de siempre, a ver a la misma gente fea consumir la misma cerveza fea de siempre. Escuchaba conversaciones de arte, de amor, de plata, de putas, de drogas. A veces llegaban algunos solitarios a mirar el teléfono.
Ví a un hombre grotesco, alto, con cráteres en el rostro, con apenas pelo rubio. Lo reconocía, lo había visto vestido de mujer en la calle antes, y en este bar nadie es nadie, nadie es nada. Por eso vengo aquí, porque si nadie es nada, entonces todos tenemos algo en común, y yo que soy un ojo, un pensamiento sin cabeza, también así entonces soy parte de ellos, y ellos son parte de mí.
Veo a un hombre abriendo una servilleta, había un reloj dentro. Se lo colocó con cierta destreza en la mano derecha, hecho que recordé como erróneo, entonces ví a un muchacho taciturno, una especie de fantasma de carne que viene un par de veces a la semana, siempre sólo, acompañado de un libro y algo para escribir.
Sentí entonces una cercanía, una especie de déjà vu. Lo sentí mío, y me sentí él. A menudo leía lo que escribía, a veces eran versos tristes, otras, pensamientos aislados, en menores ocasiones eran historias fantásticas. A menudo intentaba corregirlo, en vano intenté persuadirlo con respecto a la forma o el estilo, en gracia a mi experiencia previa, en vano intenté ser su lápiz, y entendí también su lentitud.
Con el tiempo, empecé a encariñarme con él, lo seguía a su casa y lo veía dormir, caminar por la calle, comprar víveres, pensar en voz alta, pero mi momento favorito era verlo escribir una historia que no tenía inicio ni final, como si cada palabra fuese escrita por un hombre distinto.
Cuando terminaba su empresa, caminaba hacia su pensión y se encerraba a escuchar música en inglés.
Todas estas palabras
Son pájaros de mal agüero
Capturados en vuelo.
Decía una servilleta con quemaduras de cigarro que escribió una noche.
Pensé en mi vida, pensé en la suerte que tuve de haber estado cerca de escritores de verdad, de escuchar voces ebrias construir campos enormes de flores, pensaba en que, si nos hubiésemos conocido, quizás podríamos haber Sido amigos, podría haberlo prologado, enseñado a escribir libros.
En ocasiones, alguien le pedía un cigarro, él se limitaba a quitarse un audífono y acercarle su bolsa con tabaco en completo silencio. En otras ocasiones, la borrachera lo llamaba a conversar con amigos que conocía de ahí, conversaciones vagas Pero llenas de referencias interesantes. Siempre se iba sólo. En otra visita escribió:
Vuelvo al bar de siempre, dónde todas las historias son parte de una misma historia que nunca termina de la misma forma, o a veces no termina.
Aquí soy un artista, un analista político, un alcohólico y un sticker en la muralla, y en función de cualquiera de los anteriores converge la llegada a la casa.
En todos, soy un hombre enfrentado a vasos de cerveza que nadie sirve por mí, y a un cigarro blando que baila entre mis dedos.
Yo intento leer libros que nunca podré reproducir, y escribo palabras que se perderán de vista aquí, en el bar de siempre...