martes, 29 de julio de 2025

Habito el cinismo
Sueño con un bosque que no voy a caminar
Y con un huerto que no voy a arar.
Hablo de esperanzas que no me pertenecen
Robo palabras al paisaje, a los cantos de los pájaros 
Sueño con soñar bestias en las noches
Sueño con soñar.

La casa que habito tiene aires que no respiro
Mis zapatos son, también, compasión de la fortuna
Escribo a través de las palabras de otro que también habita en mi
come de mí.

De mí, sólo son mis sueños robados
Mi idioma aprendido
Algún chiste tonto
Alguna metáfora ingeniosa
La vaga idea de que, algún día
También seré un jardín de flores fragantes.


jueves, 24 de julio de 2025

Un jardín secreto

Tu eras invierno y verano, semana por medio, y todos los días.
Pero tu tiempo siempre fue otoño, porque me encantaba el otoño.
Me encantaba verte acostada de pie, con los tonos rojizos y marrones que sólo entrega el otoño con el que te miro.
Porque el otoño que cabe en las hojas caducas, es el que intento calzar en las pobres palabras que marchito, que triste ofrenda.
Yo te miro siempre, desde lejos y Desde cerca, y no entiendo por qué no caigo a tus pies, punks, a preguntarte por tu día o tu música favorita, y tus pies también son un jardín de primavera que florece en invierno, y también en verano.
Intento acercarme con palabras compradas, pero tú ya tenías esas palabras. 
Mi jardín no tiene nada para ofrecerte, pero tú tenías el otoño en los labios, y también el verano y el invierno secreto, porque también eras la primavera.
Yo sólo tengo semillas que, también son sueños, y que sueñan con crecer entre tus dedos.

martes, 24 de junio de 2025

la araña

Hace años que crío arañas, sin querer.
Veo una araña pequeña en el baño, tejiendo una tímida red que apenas comprende un hilo. Normalmente crecen en el baño, en un momento donde la preocupación momentánea es el ducharse rápido, y si la araña no jode no hay para qué matarla, ni por qué dejarla crecer.
Previamente, se examina la morfología y potencial peligrosidad, por suerte (y desgracia a la aracnofobia) ninguna ha fallado esa prueba: o han sido tigres o de una especie distinta, quizás en esa materia se teme más al conocimiento que a la ignorancia: otra araña no más.
La araña entiende que tiene una casa, y yo no intervengo. Lo que fue un humilde hilo de seda es, a su tiempo, una hamaca, que es también casa y pueblo, cuadras de hilo que no comprendo y donde la araña vive, come y crece.
La araña pronto debe partir, nunca pasa por el zapato verdugo; se reubica en un espacio en el cual es extranjera.
El vacío más grande es mío, pues la ví crecer pero no puedo hacer de mi casa su hogar, la araña nunca se entera de esta situación, ni siquiera al último minuto.

Mirar la casa de infancia de la araña me lleva a pensar en la mía, su continente, conservando sus proporciones. Imagino tejiendo mi propia red, comiendo mis propias moscas, distribuyendo cuidadosamente cada hilo en función de mis necesidades. Miraba los pocos libros que me acompañan, los pirateados, los teillieres y los Borges, los condoritos, los lihn, los Descartes, Palanhiuk y otros. Ahí recordé que odiaba los libros de autoayuda.

Siempre que paseaba por la plaza y veía los vendedores de libros, imaginaba patear cada portada que mencionara la mente millonaria, o la ley de atracción, la estúpida idea de que para ser hay que tener, o que tus estúpidos sueños se harán realidad si te enfocas en este u otro método, que la solución sólo está en tu y tus hábitos de mierda que no puedes cambiar.
Y hay que decretar y escribir en un papel.
Y enseñarle a cantar al gallo en la mañana.
Y es que, en verdad, también odiaba a los millonarios
Inmediatamente después entendí que también odiaba a los que querían ser millonarios de cadena de oro, de Rolex, de Lamborghini.
Quizás porque yo no tengo, o eso me diría mi inmediato autosabotaje del impostor que habla de la envidia del no tener la cadena de oro, y el Lamborghini, y de vestirse con harapos.
No.
Algo está mal.
Algo está profundamente roto, y que impotencia ver una parte del velo, y no tener las respuestas que justifiquen mi odio.
Pero tengo una araña, aún.
Ella es pequeña, su hamaca de esquina no mide más de cinco centímetros, y aún así es su finca.
Yo miro mi desorden y prendo un cigarro -moriré de un ataque si no dejo de odiar- me decía, y luego buscaba en Google las posibles razones de un ataque cardíaco.
La araña espera en su red, yo apago la luz e intento dormir contra el ruido de mis vecinos.

lunes, 2 de junio de 2025

pasado

A veces, también extraño los días pasados
Mi cuerpo era más ágil 
Mi mente menos triste
Mis palabras, más simples, más bellas.
Extraño cuando todo era fácil.
Amar.
Cuando tenía más sueños y menos sueño.
Más ganas de hacer cosas.
Cuando fui más tonto fui más feliz.
Y ahora, soy tan tonto que no puedo siquiera vivir en el recuerdo.
Estoy condenado al optimismo, a la esperanza
En tres años me leeré con cariño
con mi hijo
Mejor.

miércoles, 14 de mayo de 2025

reloj de media tarde

Que puedo hacer sabiendo
Qué la noche es tan ágil
Y los días tan lentos
Abrazar la música que nace en el inoportuno
Y tratar de consolarla en el el frágil ocaso.
Las palabras no llegan al reloj que brinca bajo el sol
El lápiz es una bailarina rota que danza valses tristes
Tocados por vasos infinitos de vino agrio. 

sábado, 1 de febrero de 2025

todas las mesas son la mesa.

Bebo un vaso de cerveza
En el lugar de donde mi sombra nunca se ha ido 
La silla aún tibia desde la última vez que estuve aquí 
Bebo, con los amigos de siempre, y que ya no están aquí 
Me entretetengo contando las moscas que se paran en el borde del vaso
Bebo con ellas, todas las moscas son la misma mosca
Soy amigo de una, y de todas ellas. 

sábado, 18 de enero de 2025

El otro muerto

La tarde en la que, la violenta noticia me dijo que Rogelio Campos Iturra ya no estaba entre los vivos, los números incontables del computador del trabajo me parecieron iguales, o casi menos 
indiferentes a mi reacción ante ese hecho, lo que me llevó al profundo vértigo de preguntarme: ¿cómo es posible imaginar que, aunque sea por un suspiro, pude haber olvidado la condición de dolencia que nos hace recordar que yo también pronto seré parte de las mismas lágrimas, del mismo discurso de los viejos amigos, del mismo recuerdo feliz? 
"No hay muerto malo", me respondí en consuelo.
Con Rogelio nos habíamos distanciado hace ya muchos años; la música y el amor irrompible a los poetas de la década de los cincuenta trazaron un camino de profunda amistad y mutua admiración. Infinitas madrugadas de borracheras en bares fueron los principales pilares que, sin mayor reflexión, luego cayeron ante el peor pecado que un amigo puede cometer: la traición.
La memoria es una biblioteca llena de novelas empastadas, diarios viejos, enciclopedias y mapas, pero también de recortes imperfectos de revistas de baño, y con el tiempo suficiente cualquier libro puede adoptar naturalmente esa condición y la infamia de Rogelio no se eximía de esa sentencia, razón que endulzó aquel recuerdo. Con el tiempo suficiente, toda víctima tiene algo de victimario y, sin que él tuviera la posibilidad de escucharme, le perdoné.
Entonces, mi corazón se llenó de piedad, y lágrimas de nostalgia nublaron de pronto mi maltratada vista; me descubrí ajeno a mi indolencia y agradecí sentir ese dolor. Inmediatamente comprendí mi tenaz empresa: tenía que despedirme en persona.

Las fotos de su perfil se llenaban de condolencias y flores virtuales, palabras de fuerza y de tristeza poblaban el espacio que alguna vez tuvieron saludos respondidos e incontables brindis. Fue ahí donde supe el lugar y la hora de su funeral, lugar al que iría a presentar mi silenciosa redención.
El cementerio era solemne, pero también descuidado. Un sinfín de nombres de piedra y ángeles de mirada perdida agotaban el taciturno paisaje. Reconocí a Cristina quien, sin cavilar, se abalanzo a mis brazos. Lloramos.
Lo que sucedió a continuación, me exilió de toda lógica: vi mi nombre sobre su ataúd. Las coronas de flores y las voces de los dolidos confabulaban con mi delirio. Ajusté entonces la situación a una traición de mi propia mente, quizás entorpecida por el arrepentimiento, ya que la persona que yacía pacífico en aquel mueble era indiscutiblemente él, con su imborrable cicatriz en la mejilla, producto de una riña afuera de un bar; Rogelio a menudo perdía las luces después de algunas copas y era algo recurrente el terminar las noches en hostilidades con desconocidos, razón que también me hizo dar dos pasos atrás de su amistad hace ya tantos años. Puse suavemente mi mano sobre el cristal que lo arropaba y dije sin abrir los labios: 
-Rogelio, ha pasado mucho tiempo, me duele profundamente el hecho de que estemos aquí sin poder tomarnos una cerveza, sin recordar tantas aventuras, sin hablar de Teillier o De Rokha. Rogelio, amigo, mi cuerpo palpita contra el frío cristal de tu rostro, y bien recuerdo tus palabras que traían tus pasos dentro de los míos- Rogelio solía repetir, sin duda ni necesidad, que éramos el mismo, éramos el otro.

Los sueños abordan paisajes imposibles; lugares que se creen conocer como las propias manos, reconocibles en prados por donde nuestros pies nunca pionaron. Situaciones familiares con ajenos rostros de quienes, a su naturaleza onírica, somos antiguos. Mis sueños, apenas replicables, abarcaban una vida que no era la mía, un nombre que yo tampoco portaba. Adjudiqué al fenómeno el hecho de la pérdida, a la muerte que me era tan extranjera, pues pocas veces conocí su rostro o su sombra. Mi delirio fue pronto comulgado cuando Cristina, con quien un importunado viaje en un vagón común del metro, me nombró por su nombre. No corregí su error, simplemente la abracé y recordamos perdidas historias. 

La noche de mi cumpleaños nunca repitió, después de ese hecho, eventos similares: historias que no estaban en mi memoria me habitaban, como quien despierta de un largo sueño y, por más que intentara, no eran parte de mi biografía, si no de la de Rogelio Campos Iturra, riñas en bares y amores que siempre miré desde el dintel por mi timidez, condición que Rogelio siempre intentó rebatir sin éxito: yo seguía en la esquina de todas las mesas ignorando el júbilo de esas alegres noches, incluso el abrazo de un amigo cuyo rostro apenas construyó, quizás por distancia, quizás por abandono. 
Pensé, entonces en su rostro pálido tras el cristal, rostro que ya no recordaba tan ajeno al espejo de mi baño, el maltratado cristal que reflejaba, a fuerzas, este rostro que ya no reconozco como mío, comienza aquí la desesperación que mi frágil memoria no abarca. 
¿soy yo, o soy mi recuerdo? 
¿Y también recuerdo a Rogelio Campos Iturra, quién quizás se acuerda de mí, quizás, más que yo mismo? 
¿Es mi rostro quién piensa en el borroso rostro qué ya no sé si me pertenece? 
¿Es, en realidad, el espejo también el transparente cristal de ese ataúd, cuyo rostro es ahora el mío, y del que ya no me acuerdo?