sábado, 18 de enero de 2025

El otro muerto

La tarde en la que, la violenta noticia me dijo que Rogelio Campos Iturra ya no estaba entre los vivos, los números incontables del computador del trabajo me parecieron iguales, o casi menos 
indiferentes a mi reacción ante ese hecho, lo que me llevó al profundo vértigo de preguntarme: ¿cómo es posible imaginar que, aunque sea por un suspiro, pude haber olvidado la condición de dolencia que nos hace recordar que yo también pronto seré parte de las mismas lágrimas, del mismo discurso de los viejos amigos, del mismo recuerdo feliz? 
"No hay muerto malo", me respondí en consuelo.
Con Rogelio nos habíamos distanciado hace ya muchos años; la música y el amor irrompible a los poetas de la década de los cincuenta trazaron un camino de profunda amistad y mutua admiración. Infinitas madrugadas de borracheras en bares fueron los principales pilares que, sin mayor reflexión, luego cayeron ante el peor pecado que un amigo puede cometer: la traición.
La memoria es una biblioteca llena de novelas empastadas, diarios viejos, enciclopedias y mapas, pero también de recortes imperfectos de revistas de baño, y con el tiempo suficiente cualquier libro puede adoptar naturalmente esa condición y la infamia de Rogelio no se eximía de esa sentencia, razón que endulzó aquel recuerdo. Con el tiempo suficiente, toda víctima tiene algo de victimario y, sin que él tuviera la posibilidad de escucharme, le perdoné.
Entonces, mi corazón se llenó de piedad, y lágrimas de nostalgia nublaron de pronto mi maltratada vista; me descubrí ajeno a mi indolencia y agradecí sentir ese dolor. Inmediatamente comprendí mi tenaz empresa: tenía que despedirme en persona.

Las fotos de su perfil se llenaban de condolencias y flores virtuales, palabras de fuerza y de tristeza poblaban el espacio que alguna vez tuvieron saludos respondidos e incontables brindis. Fue ahí donde supe el lugar y la hora de su funeral, lugar al que iría a presentar mi silenciosa redención.
El cementerio era solemne, pero también descuidado. Un sinfín de nombres de piedra y ángeles de mirada perdida agotaban el taciturno paisaje. Reconocí a Cristina quien, sin cavilar, se abalanzo a mis brazos. Lloramos.
Lo que sucedió a continuación, me exilió de toda lógica: vi mi nombre sobre su ataúd. Las coronas de flores y las voces de los dolidos confabulaban con mi delirio. Ajusté entonces la situación a una traición de mi propia mente, quizás entorpecida por el arrepentimiento, ya que la persona que yacía pacífico en aquel mueble era indiscutiblemente él, con su imborrable cicatriz en la mejilla, producto de una riña afuera de un bar; Rogelio a menudo perdía las luces después de algunas copas y era algo recurrente el terminar las noches en hostilidades con desconocidos, razón que también me hizo dar dos pasos atrás de su amistad hace ya tantos años. Puse suavemente mi mano sobre el cristal que lo arropaba y dije sin abrir los labios: 
-Rogelio, ha pasado mucho tiempo, me duele profundamente el hecho de que estemos aquí sin poder tomarnos una cerveza, sin recordar tantas aventuras, sin hablar de Teillier o De Rokha. Rogelio, amigo, mi cuerpo palpita contra el frío cristal de tu rostro, y bien recuerdo tus palabras que traían tus pasos dentro de los míos- Rogelio solía repetir, sin duda ni necesidad, que éramos el mismo, éramos el otro.

Los sueños abordan paisajes imposibles; lugares que se creen conocer como las propias manos, reconocibles en prados por donde nuestros pies nunca pionaron. Situaciones familiares con ajenos rostros de quienes, a su naturaleza onírica, somos antiguos. Mis sueños, apenas replicables, abarcaban una vida que no era la mía, un nombre que yo tampoco portaba. Adjudiqué al fenómeno el hecho de la pérdida, a la muerte que me era tan extranjera, pues pocas veces conocí su rostro o su sombra. Mi delirio fue pronto comulgado cuando Cristina, con quien un importunado viaje en un vagón común del metro, me nombró por su nombre. No corregí su error, simplemente la abracé y recordamos perdidas historias. 

La noche de mi cumpleaños nunca repitió, después de ese hecho, eventos similares: historias que no estaban en mi memoria me habitaban, como quien despierta de un largo sueño y, por más que intentara, no eran parte de mi biografía, si no de la de Rogelio Campos Iturra, riñas en bares y amores que siempre miré desde el dintel por mi timidez, condición que Rogelio siempre intentó rebatir sin éxito: yo seguía en la esquina de todas las mesas ignorando el júbilo de esas alegres noches, incluso el abrazo de un amigo cuyo rostro apenas construyó, quizás por distancia, quizás por abandono. 
Pensé, entonces en su rostro pálido tras el cristal, rostro que ya no recordaba tan ajeno al espejo de mi baño, el maltratado cristal que reflejaba, a fuerzas, este rostro que ya no reconozco como mío, comienza aquí la desesperación que mi frágil memoria no abarca. 
¿soy yo, o soy mi recuerdo? 
¿Y también recuerdo a Rogelio Campos Iturra, quién quizás se acuerda de mí, quizás, más que yo mismo? 
¿Es mi rostro quién piensa en el borroso rostro qué ya no sé si me pertenece? 
¿Es, en realidad, el espejo también el transparente cristal de ese ataúd, cuyo rostro es ahora el mío, y del que ya no me acuerdo?

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