Hace años que crío arañas, sin querer.
Veo una araña pequeña en el baño, tejiendo una tímida red que apenas comprende un hilo. Normalmente crecen en el baño, en un momento donde la preocupación momentánea es el ducharse rápido, y si la araña no jode no hay para qué matarla, ni por qué dejarla crecer.
Previamente, se examina la morfología y potencial peligrosidad, por suerte (y desgracia a la aracnofobia) ninguna ha fallado esa prueba: o han sido tigres o de una especie distinta, quizás en esa materia se teme más al conocimiento que a la ignorancia: otra araña no más.
La araña entiende que tiene una casa, y yo no intervengo. Lo que fue un humilde hilo de seda es, a su tiempo, una hamaca, que es también casa y pueblo, cuadras de hilo que no comprendo y donde la araña vive, come y crece.
La araña pronto debe partir, nunca pasa por el zapato verdugo; se reubica en un espacio en el cual es extranjera.
El vacío más grande es mío, pues la ví crecer pero no puedo hacer de mi casa su hogar, la araña nunca se entera de esta situación, ni siquiera al último minuto.
Mirar la casa de infancia de la araña me lleva a pensar en la mía, su continente, conservando sus proporciones. Imagino tejiendo mi propia red, comiendo mis propias moscas, distribuyendo cuidadosamente cada hilo en función de mis necesidades. Miraba los pocos libros que me acompañan, los pirateados, los teillieres y los Borges, los condoritos, los lihn, los Descartes, Palanhiuk y otros. Ahí recordé que odiaba los libros de autoayuda.
Siempre que paseaba por la plaza y veía los vendedores de libros, imaginaba patear cada portada que mencionara la mente millonaria, o la ley de atracción, la estúpida idea de que para ser hay que tener, o que tus estúpidos sueños se harán realidad si te enfocas en este u otro método, que la solución sólo está en tu y tus hábitos de mierda que no puedes cambiar.
Y hay que decretar y escribir en un papel.
Y enseñarle a cantar al gallo en la mañana.
Y es que, en verdad, también odiaba a los millonarios
Inmediatamente después entendí que también odiaba a los que querían ser millonarios de cadena de oro, de Rolex, de Lamborghini.
Quizás porque yo no tengo, o eso me diría mi inmediato autosabotaje del impostor que habla de la envidia del no tener la cadena de oro, y el Lamborghini, y de vestirse con harapos.
No.
Algo está mal.
Algo está profundamente roto, y que impotencia ver una parte del velo, y no tener las respuestas que justifiquen mi odio.
Pero tengo una araña, aún.
Ella es pequeña, su hamaca de esquina no mide más de cinco centímetros, y aún así es su finca.
Yo miro mi desorden y prendo un cigarro -moriré de un ataque si no dejo de odiar- me decía, y luego buscaba en Google las posibles razones de un ataque cardíaco.
La araña espera en su red, yo apago la luz e intento dormir contra el ruido de mis vecinos.