Y, ¿Qué más queda?
Sentarse en la mesa y beber vino hasta que el mundo cambie
vomitar las pocas letras que comí a la fuerza
llorar, pero no lo suficiente como para arruinar el parquet.
Repasar una y otra vez la escena donde se acabó todo
intentar hilar los sueños rotos, a ver si puedo cobijarme con eso.
Dejar de soñar cada madrugada con tu sonrisa, la que se desvanece cuando intento tocarla.
arrastrarme a la cocina a calmar al lobo con pan.
salir de la cama para arrepentirme.
Contemplar el infortunio de los días
de todos los días
romper el techo a gritos, que jamás serán escuchados
ni por las cucarachas que duermen en mi almohada
ni por los dioses que me miran con desdén.
Comer contra mi voluntad
asear un espacio que no es mío
regar las plantas de plástico
sonreír para evitar las preguntas espinosas
abrazarme como pulpo atemorizado
cortarme las uñas con un cuchillo
obligar a mis dedos a saltar sobre noventa y siete teclas inertes.
Cerrar los ojos en vano
descansar de descansar
despertar por costumbre, otra vez.
Y una vez más.
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